Por: Manolo Espinosa “El Ciclón”
En un festejo taurino que es en donde se procesa un elixir estimulante del alma, encontraremos a granel, emociones, miedos, angustias y muchas incertidumbres, sensaciones y sentimientos que guían el comportamiento de quienes confluyen a un coso y hacen la fiesta brava.
Los empresarios, ganaderos, así como los espectadores, tienen su propio corazoncito, pero cada uno mira el espectáculo conforme lo siente y de acuerdo al prisma que tiene al frente. Pero los toreros, que tienen más corazón que el resto – porque actúan en el campo netamente profesional y la responsabilidad es sumamente grande -, solamente ellos son los que deben rendir cuentas, mientras quienes asisten a verlos, no aceptarán justificante alguno, para que salgan mal o a medias, lo que quieren es el triunfo.
El lunes 15 de febrero, cierre de feria en Ambato, ocurrió lo que no debía darse. Que un toro manso le haga pasar a un torero un verdadero vía crúsis; con un público frustrado y encrespado que despidió al torero de turno en una lluvia de silbidos. Repito, no por culpa de él, sino del manso que le correspondió en suerte.
Fue Juan José Robalino, matador ambateño, que llegó lleno de ilusiones a su plaza, a su feria, con el anhelo de dar el examen mayor a su público, siendo él, quien protagonizó este hecho que a cualquiera lo desarma, y le damos la razón para que se haya tapado en el callejón completamente desencajado.
Lo que sentía Robalino en ese momento, no nos imaginamos, lo sabemos porque conocemos de esto, pero lamentábamos el sentirnos maniatados, sin poder hacer nada para alentarlo en esa difícil situación por la que atravesaba. Además, era su problema y como profesional que es, sólo él debía resolver la difícil papeleta como fuere.
Permaneció silente en el callejón, circunspecto frente a lo ocurrido y mirando el desarrollo de la corrida. Más no nos imaginamos lo que se estaba “cocinando” en su interior. Allá en el fondo de su alma, donde se guardan los secretos íntimos que solo se los revela en el ocaso de la vida; allí mismo, le asediaba una avalancha de inciertos pensamientos que deformes se agitaban para la toma de la decisión final. Era el instante (apenas minutos) en que se prepara el héroe para acometer iracundo luego de la primera derrota. Pues tenía el privilegio de la vida y debía dar cuenta de ella en este serio desafío, en donde se diferencian los simples mortales de los grandes hombres.
Y recibió a su segundo toro de nombre “Balancero” de Mirafuente, totalmente entregado y dispuesto a todo. Lo que se dice todo, es decir poniendo el corazón por delante. Ejecutó verónicas llenas de emoción, pero lo extraño aquí, es la actitud del público. Instantes atrás lo había abucheado hasta no poder, y en tan poco tiempo el cambio fue radical a favor del diestro, que desde el primer instante en que tomó el percal, jaleaba con tanta fuerza su quehacer, estremeciendo los cimientos de la monumental que se sintió homenajeada por el espíritu superado de este ambateño que demostró vergüenza torera; su casta y su impetuoso ánimo, que dejando lo malo atrás se enrumbaba en una espiral del águila conquistadora hacia otros estratos donde el espacio es su imperio..
Insuflado de alegría realizó un quite al alimón invitando a su compañero Álvaro Samper. Lo hicieron tan bien, que el respetable se rindió y con nutridas palmas y voces estentóreas acompasaron su labor.
Más tarde, convencido de la conexión que mantenía con el respetable y máximo juez, inició su ejecutoria con la muleta en los mismos medios, interpretando el toreo fundamental. Como debe ser. Estaba completamente seguro de lo que hacía, mientras dejaba fluir sus sentimientos como acuarelas que se deslizan suaves, fusionando colores y formas en los lienzos del pintor, o las fáciles letras que surgen del poeta enamorado.
El público, no dejó de acompañar con sus expresiones de cariño en ningún instante y tal era la escandalera en los tendidos, que se venían venir seguros los trofeos para el torero de la tierra. Pues era evidente que tiros y troyanos, moros y cristianos, neófitos y expertos de la fiesta, habían caído subyugados, no al arte, sino a la casta del torero que conjuntada con la nobleza de “Balancero”, daban la lógica expresión de lo que se espera en una feria.
Entró a matar, siendo fallidos sus intentos, pues la tizona le jugo una mala pasada, perdiendo así lo que había ganado, pero, llegó a tal punto el respaldo de este maravilloso público, que pidió la vuelta al ruedo a un torero superado, y suponemos, que le queda tiempo a Robalino para recapitular y hacer ajustes en algunos aspectos de sus entrenamientos, pues sin ninguna duda, la afición lo esperará para que dé su definitivo.. …. ¡DO DE PECHO¡.
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