Al valor lo consideramos como osadía, valentía, estoicismo, coraje, intrepidez y quien pone en juego este sentimiento de arrojo, simplemente es un valiente que ejerce su autoridad con solvencia frente al peligro – es así como lo vemos. En ello no cabe la menor duda, pero si es necesario conocer la sustancia y el verdadero fondo del valor, caso contrario, estaríamos hablando sin fundamento, lo cual no tendría ninguna validez.
En primer lugar, el valor no es sustancia ni artículo que se encuentra en un escaparate y se lo puede tomar al antojo cuando uno quiere, no es así, este, es una respuesta a una firme actitud, o la decisión que con carácter definido y en fracciones de segundos se tome, frente a una situación de amenaza, conflicto o dificultad por la que se atraviese, es decir, que se produce un proceso inmediato (metamorfosis) cuyo fundamento es el miedo.
A este ingrato huésped, lo encontramos en todas partes; en situaciones simples o complejas allí se gesta; lo sienten los niños con sus pequeños problemas o los adultos en medianas y grandes confrontaciones, situaciones en que la psiquis humana enfrenta la presión de algo nuevo y desconocido que merma sus facultades y nadie está libre de presentar un cuadro triste y aterrador.
En el toreo se dice que con el valor se nace; otros afirman que el valor no se aprende, pero en estas premisas encontramos algunos errores, porque como lo hemos dicho anteriormente, el miedo, es la primera realidad del hombre, que aparece con tal poder que se adueña de todo: en especial, de la mente y el corazón, sin ofrecerle ninguna tregua a la pobre víctima que a su siniestro contacto, experimenta desconcierto y desazón paralizantes.
Recapitulando diremos, que nadie es valiente si no conoce el miedo, y cuando aparece, hay que mirarlo de frente porque encontraremos que puede convertirse en un valioso aliado en momentos extremos (supervivencia o instinto de conservación) que nos de una salida, para tomar acciones lógicas y beneficiosas, pero cuidado con confiarse demasiado, porque puede convertirnos en esclavos de sus pretensiones.El primer paso para superar el miedo es, no temerlo, no huirlo, reconocer su existencia y proceder a dominarlo, sometiéndolo al proceso transformador, tomando en cuenta que para ello, es necesario poner en acción el carácter, voluntad y decisión de quien percibe su dominio y es cuando emergerá el héroe, el triunfador, el grandioso, caso contrario, tendremos al cobarde, que entre arrepentimientos descenderá a la fosa de los derrotados.
Para concluir sobre el tema, nos mantenemos en que el valor es un ingrediente sine qua non en el toreo, eso es verdad, porque sin valor no se puede ser torero. Este es pieza angular de la fiesta, son los cimientos claves para levantar la estructura profesional. El torero como cualquier ser humano, es susceptible de sentir temor a muchas cosas, y es quien con mayor frecuencia ve al miedo cara a cara todos los días, sin embargo, lo admirable de este, es que aprendió a dominarlo, a someterlo y se acostumbra tanto, que cuando se encuentra frente a un toro, no hay rictus ni achicamientos, demostrándonos que posee absoluto valor, tanto valor para realizar verdaderas proezas, grandes gestas, y hazañas inolvidables, que el miedo termina siendo una utopía y aunque su vida este pendiendo de un hilo ante al peligro, todo termina siendo un juego majestuoso entre la vida y la muerte, ritual en donde no caben nefastos intermediarios.
Y para quienes quieren ser toreros – no es por desanimarlos -, ya saben la receta, lo primero es presentarse al miedo, conocerlo y luego procesarlo debidamente para que la resultante sea el valor, condición que si no se la cumple a cabalidad, muy difícil será que alcancen sus sueños en una profesión en que hay que estar como Dios manda. |